Por: Beatriz Adriana Rojas, 5º
Alumna de la Escuela Porfirio Parra


ESTE CUENTO ESTÁ DEDICADO A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS MÁS PEQUEÑOS, PORQUE SUS OJOS SIEMPRE ESTÁN LLENOS DE TERNURA.

Érase una vez un príncipe que era muy enojón y amargado, no permitía que la gente riera.

Un día, a una niña se le cayeron sus dulces junto al castillo del príncipe. Ella tenía que venderlos para poder ayudar a su mamá que cuidaba a su hermanito de tres años que estaba muy enfermo. Ella, al ver lo sucedido, lloraba desconsolada porque ese día no llevaría dinero a su casa.

El príncipe que paseaba por el jardín de su castillo, al escuchar el llanto a lo lejos, mandó callar de inmediato a quien lloraba, pero ella no paraba de llorar; después de un rato, el príncipe decidió ir personalmente a callarlo, y en ese momento, al verla a los ojos, sintió una gran ternura y se conmovió.

Desde ese momento el príncipe dejó de ser amargado y ayudó a la niña y a su hermanito; les dio atención médica y desde ese entonces el príncipe ayudaba a todos los que tocaban a su puerta.