Por Jorge Hierro, 5º B
Alumno del Colegio Tomás Moro






Si yo fuera Don Quijote, estaría orgulloso de pelear contra el pez globo más grande de los océanos. El pez globo es un ser tan feo, tan agresivo y tan creído, que siempre he pensado que tiene amenazados a todos bajo el mar. Me gustaría pelear contra él para que sintiera lo que sienten las otras criaturas marinas.

La estrategia para destruirlo sería complicada. Primero tendría que quitarme la armadura porque ésta es muy pesada y me hundiría en el mar. También porque me horroriza pensar en mi armadura oxidada. Lo malo de no tenerla sería que en cualquier momento el pez globo podría clavarme una de sus enormes espinas. Por lo tanto, mi lucha tendría que ser de mucha más precisión.

Por las mismas razones, tendría que reemplazar mi espada por un pez espada muerto; uno vivo se descontrolaría y no me dejaría pelear. Para que el pez no estuviera aguado, lo abriría y le sacaría las tripas y le metería balines de metal para endurecerlo. Después lo embalsamaría como momia para evitar que se pudriera.

En vez de escudo usaría mucha cáscara de coco junta (que sacaría de la playa), y para sostenerla le cosería una tira de algas resistentes.
También usaría como boomerang una estrella de mar muerta y dura. Con una navaja, le afilaría cada uno de sus pico para que se enterraran en el pez globo. Otra arma podrían ser unos nueve tentáculos de pulpo atados juntos para formar un látigo.

Con todas estas cosas que mencioné, estaría orgulloso de haber vencido a la criatura más horrenda del mar. Me acordaría de ese momento toda la vida.


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