…Era la una de la tarde cuando salimos de mi casa.

Mamá: -Apúrate que se nos hace tarde.
–Mientras mi hermano corría tras mi mamá, yo me detuve a ver el cielo fijamente.

Hermano: -Mariel, ¿Qué tanto ves? -¡Nada, nada! –le contesté yo.
A las dos de la tarde llegamos a nuestro destino…

Mariel: ¡Ehhh! ¡Yupi! ¡Llegamos al fin!

Hermano: ¡Tengo hambre!

Mamá: ¡Aprisa, aprisa, que nos cierran la puerta!
Cuando entramos, se encontraba todo oscuro y silencioso. De repente no estaba mi hermano, y sus últimas palabras fueron: “¡Tengo hambre!”

Mamá: Tenemos que encontrar a tu hermano.

Mariel: ¡Ay, dónde estará! Estoy preocupada, vamos a buscarlo.
De pronto una serie de montruos salieron de la pared, por todas partes…

Mariel: ¡Ay, no! ¡Mi hermano!

Mamá: ¡Corre, corre! ¡Hay que buscar a tu hermano!
Mientras, los monstruos iban tras nosotras tambaleándose.

Mariel: ¡Alguien agarró mi pie! ¡¡¡Aaaaaa!!! –
y mientras me jalaban, gritaba.

Mamá: ¡Mariel, Mariel! Trata de patearle en la cabeza.
Pero cuando le pateé, la cabeza rodó y botó precisamente en las manos de mi mamá, ella abrió mucho los ojos y la boca y corrimos tan de prisa que ya no vimos nada a nuestro alrededor, ni a donde quedó la cabeza sin ojo. A lo lejos vimos una puerta y cuando vimos, ya estábamos afuera.

Mariel: ¡Mamá, traes una mano pegada en la espalda con sangre!
–y como se dice vulgarmente: -¡Guácala!

Mamá: ¡Ay, quítamela, quítamela! –gritaba dando de saltos.

Hermano: ¿Quieren de mi hot dog? Mi abuelita me compró dos… es que tenía muchisísima hambre.

Mariel: ¡uf! Yo ya no vuelvo a entrar a la Casa de los Espantos.